miércoles, 9 de noviembre de 2016

Educar es amar

Cuando hablamos de educación nos perdemos en teorías, ideas, problemas y conceptos olvidando realmente lo esencial: que educar es amar. El amor es y debe ser la fuerza motriz de nuestra acción educativa (tanto si somos padres como si somos docentes). Y este amor debe estar presente desde el minuto cero y se debe manifestar de múltiples formas: besos, caricias, palabras de cariño, palabras de ánimo…  El niño para su crecimiento y construcción necesita una sustancia esencial: el afecto. 

Pero ese amor no solo es de los padres hacia los hijos, es un camino en dos direcciones. Ahí está la magia de ser padres... Carlos González lo describe muy bien: “cada vez que nace un niño, nacen también un padre y una madre. Y a partir de ahí crecemos juntos en sabiduría y en virtud (los niños también en tamaño). Los hijos nos ofrecen su amor incondicional, incluso aunque no hayamos hecho nada por merecerlo. Nos hacen sentir importantes y necesarios, nos divierten y nos intrigan, dan propósito y color a nuestras vidas, nos permiten acompañarlos por un tiempo en la fascinante aventura de descubrir el mundo. Ser padre es un privilegio”. 

En mis Escuelas de Padres con talento (también en mi nueva colección de libros) apunto numerosas ideas en esta dirección:

  • “No basta con querer a nuestros hijos, se lo tenemos que decir y recordar a diario”.

  • “Jamás tenemos que usar el amor o cariño como forma de chantaje. Debemos eliminar el si no te portas bien no te voy a querer… El amor no se compra. 

  • “El amor por nuestros hijos es incondicional”.

  • “Nuestros hijos deben percibir que les dedicamos tiempo y atención, que ellos son mucho más importantes que nuestro trabajo. Es una forma de manifestar y expresar nuestro amor”. Cuando hablo de tiempo me estoy refiriendo a tiempo de calidad, de compartir tiempo con ellos pues como destaca Santos Guerra "cuando las prisas, los negocios o los problemas se anteponen, el hijo queda condenado al silencio, al desamparo o al desprecio. La trampa que nos tiende la vida es hacer muchas cosas por los hijos pero quitando el tiempo de convivencia con ellos. Cuando les vamos a dar todo lo que hemos ganado con tanto esfuerzo, ya no están. Es un error irreparable".

  • “Puesto que educamos a nuestros hijos con nuestro ejemplo, éstos tienen que ver ese amor reflejado en sus padres y la forma en que lo demuestran (entre ellos y a sus hijos)”. Como señalan M. Conangla y Jaume Soler "es preciso proporcionar modelos de adultos afectivamente más equilibrados y armónicos".

Ahora bien, como destaca Antonio Campillo en su interesante libro #Edúcame despacio que crezco deprisa “amor y exigencia son complementarios, no antagónicos. El amor cuenta con la comprensión y con la firmeza; las dos juntas” y añade, “llenad de besos a vuestros hijos y a la vez exigidles en sus obligaciones”.

Como puedes comprobar en educación (y en la vida) el amor es esa fuerza universal de la que nadie puede escapar tanto de recibirlo cono de brindarlo… Y esto me recuerda una fantástica historia que aparece en el libro Sopa de pollo para el alma, una historia que te hará reflexionar sobre el tema:

“Un profesor universitario quiso que los alumnos de su clase de sociología se adentrasen en los suburbios de Boston para conseguir las historias de doscientos jóvenes. A los alumnos se les pidió que ofrecieran una evaluación del futuro de cada entrevistado. En todos los casos los estudiantes escribieron: «Sin la menor probabilidad». Veinticinco años después, otro profesor de sociología dio casualmente con el estudio anterior y encargó a sus alumnos un seguimiento del proyecto, para ver qué había sucedido con aquellos chicos. Con la excepción de veinte individuos, que se habían mudado o habían muerto, los estudiantes descubrieron que 176 de los 180 restantes habían alcanzado éxitos superiores a la media como abogados, médicos y hombres de negocios. 
El profesor se quedó atónito y decidió continuar el estudio. Afortunadamente, todas aquellas personas vivían en la zona y fue posible preguntarles a cada una cómo explicaban su éxito. En todos los casos, la respuesta, muy sentida, fue: «Tuve una maestra». 
La maestra aún vivía, y el profesor buscó a la todavía despierta anciana para preguntarle de qué fórmula mágica se había valido para salvar a aquellos chicos de la sordidez del suburbio y guiarlos hacia el éxito. 
—En realidad es muy simple —fue su respuesta—. Yo los amaba.” 
Eric Butterworth 

"Los hijos no nos recordarán por 
las cosas materiales que les dimos sino por la convicción de que les quisimos"
Richard L. Evans

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